“…La frontera ha sido
siempre un referente en el que se enfrentan las identidades, los nombres, los
símbolos, los imaginarios diferenciados: es la línea de mayor enfrentamiento
entre dos alteridades…” (Brenna, 2011).
Con esta descripción, Jorge Brenna nos introduce en su
estudio sobre mitología fronteriza, que, aunque alejándose de nuestro propósito
fundamental, nos da una idea de lo que podemos llamar “frontera” y que da paso
a la denominada situación de “vida fronteriza”, que da nombre a este capítulo.
La existencia de una vida fronteriza, y sus implicancias, ha
dado pie a interesantes estudios sobre la colonia en Chile, especialmente a los
estudios relacionados con el espacio fronterizo que surgió del conflicto
hispano-mapuche entre el territorio conquistado y el territorio no colonizado,
y cómo este quedó delimitado en el siglo XVII por el espacio desde el río
Biobío al sur. Destacados historiadores chilenos como Sergio Villalobos, Mario
Góngora, Leonardo León, Jorge Pinto, Osvaldo Silva, entre otros, han abordado
esta temática conscientes de su importancia y han llegado a instalar el
concepto de "historia fronteriza", creando así una nueva categoría de
análisis sobre la relación Hispano-mapuche durante el siglo XVII y
especialmente el XVIII, configurándose y reconociendo la peculiaridad y
diferencia de un espacio regional propiamente tal: la Araucanía. Esta nueva
categoría "fronteriza" de éste territorio, ha permitido entender su
delimitación a partir de la diferencia con respecto al resto del territorio,
perteneciente al espacio conquistado y colonizado, ubicado al norte de ésta
"frontera" cuya importancia será gravitante en el transcurso de los
años, especialmente en el ámbito de la formación cultural de la sociedad
chilena posterior y hasta nuestros días.
La vida fronteriza, por tanto no sería más ni menos que
aquellas situaciones de vida que se van configurando en el territorio conocido
como frontera, es decir, en aquel territorio que se encuentra al centro de dos
territorios opuestos, libre, o al margen de las normativas existentes e
imperantes en dichos territorios y al mismo tiempo foco de nacimiento de nuevas
formas sociales, culturales o normativas.
Desde el punto de vista social, Mario Góngora hace referencia
que la “sociedad fronteriza” es como un espacio en el cual ocurre una “migración interna”. También indica,
que especialmente el Maule atrae personas mestizas, “…atraídas por la libertad de la zona debido a la poca rigidez laboral
al igual que en lo penal…” (1966, p. 12)
La Dra. María Angélica
Illanes, en su artículo explica, parafraseando a Góngora que “…Se generaría en
este espacio un vagabundaje rural combinado con un tráfico fronterizo,
principalmente ganadero y de sal, a menudo cargado de violencia…” (Illanes
2014)[1].
En segundo lugar la Dra.
Illanes hace referencia a como Góngora
explica que en la Araucanía “…Identifica
lo fronterizo destacando la temprana (s. XVII) existencia de trueque entre los
mapuche y los soldados de los fuertes (ponchos por objetos de hierro),
combinado con violencia y rapiña aledaña y tráfico ilegal de bienes robados,
fenómeno que se habría consolidado en el XVIII…”
(Illanes 2014)[2].
Y por último Dra. Illanes
continua refiriéndose a la tesis de Góngora de la siguiente manera: “…con
respecto a la frontera
andina, Góngora identifica la vida fronteriza como
un flujo de gente de raigambre "popular" que atraviesa los pasos de
un lado a otro en función de rapiña y tráfico de ganado o de sal, en un espacio
que escapa a toda regulación, constituyéndose la cordillera en "un refugio
favorito de prófugos y fascinerosos". Góngora enfatiza en la presencia de
un paisaje social de "bandolerismo" crónico que hacía ingobernable el
espacio de fronteras…” (Illanes 2014)[3].
Illanes, como cierre de
estas ideas, expone que “…todo el sur de Chile y la cordillera se configura
como un espacio fronterizo (de diversa fisonomía), caracterizado principalmente
por la falta de control y como un espacio "libre" o controlado por
los grupos que, a través de una vida de trashumancia mercantil y delictual, se
sustraen de hecho y obstaculizan la dominación hispana colonial…” (Illanes
2014)[4].
Con respecto a la vida fronteriza el Historiador Leonardo
León en su trabajo Maloqueros
y conchavadores en Araucanía y las pampas, 1700-1800 (1990), hace referencia
el denominado ataque indígena “Malocas” el cual
consistía en un ataque sorpresivo de los mapuches a los españoles en el cual
recuperaban indígenas tomados esclavos, alimentos, pero destaca que “…Los ataques de los maloqueros no estaban
dirigidos contra los fuertes o guarniciones fronterizas, sino contra las
estancias ganaderas…” (1990, p. 21). También expone que “…Para los maloqueros, la lucha contra los
españoles era una actividad casual e irregular que no estaba regida por los
preceptos ancestrales del admapu y cuyo ethos era el oportunismo del ladron…”
De esta forma se va formando la vida fronteriza en la
Araucanía. Leonardo León y Sergio Villalobos en su trabajo "Tipos humanos
y espacios de sociabilidad en la Frontera Mapuche de Argentina y Chile,
1800-1900. Propuesta de investigación",
hablan de espacio fronterizo como un espacio autónomo, el cual no pertenece a
nadie, en donde se mezclan varios elementos españoles e indígenas, así naciendo
una nueva sociedad con rasgos particulares y la “mestización de las
costumbres”. Estos autores recalcan que este espacio fronterizo y las personas
que ahí se encuentran o emigran no pertenecen a ninguna patria o ley que dicte
sus necesidades básicas de sobrevivencia. (2003, p. 23)
Se destaca por lo tanto el
carácter ajeno de la frontera, es decir, aquel carácter que define al espacio
fronterizo como distinto de los territorios aledaños; distinto, pero al mismo
tiempo objeto de ocupación, centro de migración o espacio pluricultural,
convertido en lugar por quienes hacen de este su centro de pertenencia.
Al respecto, parece oportuna
la explicación de Osvaldo Silva respecto al modo en que se va configurando la
vida en la frontera, siendo esta terreno de los desarraigados, en relación
directa con el mestizaje y la calidad que los mestizos tanto biológicos como
culturales son tratados por la sociedad criolla, tanto como por la indígena.
Silva nos dice que “Paralelamente la
frontera fue escenario donde se desenvolvieron elementos marginales que, por su
misma condición de desarraigados, tampoco pueden conformar un grupo étnico”.
(1992, p. 129).
A partir de esto, se resume la
vida en la frontera como la gestora principal de la identidad cultural chilena,
ya que siguiendo estas teorías, sería precisamente en la frontera donde surgen
los elementos que marcan la chilenidad, tales como “el huaso”, o “el roto
chileno”, que vendrían a marcar en adelante el devenir histórico del país,
engrosando lo que conocemos en la actualidad por clase media o que en su
momento constituyó la clase obrera del país, cuyo origen Silva grafica en el
siguiente fragmento:
“El mestizo rural al interactuar con
nativos, españoles pobres, negros y otras mezclas fue partícipe de esa cultura mestiza a que nos hemos
referido. En ella se funden elementos de diversas procedencias dando como
resultado un peculiar modo de vida reflejado en la vestimenta, lenguaje y
mentalidad. No pierden su identidad biológica desde el punto de vista jurídico
y social. Sin embargo son distintos al mestizo, indio, negro y al propio
español pobre urbano.” (1992, p. 127)[5]
En resumen, podemos decir que
la importancia de la vida fronteriza no solo determina el acontecer de las
relaciones hispano-mapuches durante los siglos XVII y XVIII, sino que, tal como
lo confirman numerosos historiadores, el valor de las relaciones surgidas en la
frontera trasciende la vida colonial y determina o, cuando menos, influye,
sobre la historia del pueblo chileno, como posiblemente existan situaciones de
similar desarrollo en el resto de Latinoamérica, aunque eso queda para otros
estudios.
Así mismo, en consonancia con
nuestras conclusiones sobre la vida fronteriza, el autor Jorge Pinto Rodríguez,
en referencia a la validez de las ideas del norteamericano Turner, menciona la
vigencia de estas en la historiografía latinoamericana y chilena, a través de
historiadores como Sergio Villalobos que, según Pinto “llega a sostener que la historia latinoamericana es la historia de las
fronteras” (1988, p. 245-251)
Analizando la frontera, el historiador Villalobos
plantea que una frontera se da cuando un pueblo de alta cultura “sociedades más complejas y con mayor
desarrollo jerárquico, social, económico, cultural, etc” extiende su dominación sobre poblaciones o culturas que tienen un nivel de desarrollo
inferior. La cual se resiste y crea una barrera entre ambas culturas o una
línea fronteriza. (1995, p. 135).
Zavala, a pesar
que es su trabajo “Los Mapuches del Siglo XVIII” utiliza como fuente lo
dicho y escrito por Vicente Carvallo, en donde Carvallo afirma que se decreta
una frontera. Zavala llega a la conclusión de que esta frontera del
reino de Chile no era algo muy bien definido y que el término servía más bien para ocultar una realidad, que para
dar cuenta de ella. Por una parte, no se trataba de un límite infranqueable,
puesto que no habla de grandes barreras naturales ni una oposición militar
continúa y, por otra parte, no constituía un frente colonizador muy pujante.
(2008, p.99).
Zavala también hace hincapié en el trabajo
realizados por los jesuitas, plantea que
las misiones de los jesuitas ayudan a romper la frontera que existe entre
españoles y mapuche. Las cuales aportan gran cantidad de fuentes y nos revelan
un poco del acontecer de la vida mapuche. “…A partir de 1692, bajo el gobierno de
Tomas Marín de Poveda (1692-1700), la acción evangelizadora toma un nuevo
impulso. De esta manera, entre 1692 y 1696 se fundaron diez misiones en la
Araucanía; cuatro fueron entregadas a los jesuitas y perduraron hasta el
levantamiento de 1723: Imperial, Boroa, Repocura y Colhue…” (2008, P. 101).
Las investigaciones
realizadas Por Zavala y las cartas reunidas por
Marcela Tamagnini, sobre los
viajes jesuitas, demuestran que las fronteras no son inquebrantables. Si bien
los estudios de Villalobos y Bengoa se enfocan directamente en el traspaso
cultural de especies y el valor que tiene esto para los mapuches, los estudio
de Zavala y Tamagnini en su artículo “Soberanía Territorialidad Indígena, Cartas
de misioneros”, plantean que el traspaso cultural va más allá que un simple
objeto, también influye en su idioma, religión, e incluso educación, ya que los
misioneros ven muy importante la escolaridad de los niños mapuches y esto se
puede apreciar en las cartas de los misioneros.
Para afirmar esto, la
Dra. Argentina, Marcela Tamagnini, en su trabajo “Soberanía Territorial indígena, Cartas de Misioneros” hace una
recopilación de en donde encontramos, la escrita por el Reverendo P. Fr. Márcos
Donati: “hice un altarcito por lo chico que era el portatil, ha quedado bueno,
pero sí le hace falta una Sacra. Los indios están muy contentos, aunque me está
pareciendo que voy a sacar poco o nada con los viejos, los chicos están en la
escuela y son muy entendidos, yá hay indiesitos que saben leer, escribir y contar
aunque mal. No tenia intenciones de venir al Rio 4° pero no podia menos que
hacerlo” (1994, P. 9)
Bengoa,
plantea que, la frontera permitió que durante más de medio siglo, después del
establecimiento de la república de Chile, la población mapuche siguiera
ocupando un territorio autónomo delimitado, y gozando de la autodeterminación.
(1885, p34).
Con
esto Bengoa expresa que la frontera se mantuvo inquebrantable y perduró en el
tiempo hasta que culminó de la Guerra del Pacífico. (Ibídem, p. 36)
El historiador
Ricardo Herrera Lara, en su obra “La
Construcción Histórica de la Araucanía” explica que la formación de la
frontera, comienza desde la llegada del español “La frontera comenzó con la llegada del conquistador español, lo que
amplio las fronteras del imperio hacia el sur. Sin embargo, la primera
referencia explícita la encontramos en el Pacto de Quilín que estableció un
territorio autónomo mapuche después de que los españoles fracasaran en su
intento de alcanzar una victoria completa y total sobre los Mapuche” (2003, p.
34)
Herrara,
afirma que hubo un traspaso económico-cultural que el Mapuche absorbe y se ve
obligado a adaptarse a este nuevo mundo. (2003, p. 34)
La
obra de Herrara es una apreciación occidental del proceso de adaptación
indígena frente a un nuevo mundo. Su visión occidental, deja de lado la
apreciación cultural indígena y el proceso que vive esta, su enfoque es más
explicativo que analítico de la situación.
[1]
Véase: http://www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0718-04622014000100013&script=sci_arttext,
última visita. 08/12/2014
[2]
Véase: http://www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0718-04622014000100013&script=sci_arttext,
última visita. 08/12/2014
[3]
Véase: http://www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0718-04622014000100013&script=sci_arttext,
última visita. 08/12/2014
[4]
Véase: http://www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0718-04622014000100013&script=sci_arttext,
última visita. 08/12/2014
[5]
En el texto original, Silva se refiere a las figuras del roto chileno y del
huaso como aquellas que surgen del “mestizo urbano” y del “mestizo rural”,
respectivamente.



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